jueves, 16 de junio de 2016

LA TORRE. Alejandro y Elena. Cap. 8.



8
Las cosas van mejor

     No era posible que el tiempo cambiara tan rápido. Afuera había amainado y el cielo estaba turquesa. La puerta se cerró tras él y ahora estaba rodeado de niebla, jirones de bruma húmeda y pegajosa que le empapaban el pelo y le perlaban la cara. No entendía nada. Avanzó y sus pies se hundieron en el mullido suelo herboso. Miró hacia atrás y no vio la puerta. Antes o después tendría que toparse con el edificio, entraría y se olvidaría de todos los desmanes e irregularidades del tiempo. Así que siguió caminando y después de un rato le pareció distinguir un muro. Unos pasos más y apareció la esquina de un edificio. Tan irreal, que necesitó palpar la fría piedra y recorrer su áspera superficie. Continuó por el lado izquierdo, pegado al muro para no perderse, pero allí no había ni puertas ni ventanas, sólo una pared repleta de musgos verdes y líquenes blanquecinos.
     Volvió sobre sus pasos, suponiendo que la entrada estaría en el otro lado. Dobló la esquina, y siguió adelante. El suelo seguía blando, sus pies se ocultaban a cada paso bajo la hierba. Recibió un golpe en la frente y asustado, se echó hacia atrás. ¡Una higuera! Se había dado con una higuera, enraizada en el muro, descolgando sus ramas hacia el suelo. Todo aparecía de repente, como surgido de la nada. No debía despistarse. ¡Dichosa niebla! Esquivó las ramas y siguió adelante. Antes o después tendría que aparecer alguna entrada.
     La caprichosa niebla le permitió ver otro muro a su derecha, a poca distancia. Se atrevió a lanzarse hacia él en medio de la traicionera bruma y lo alcanzó sin ningún contratiempo. Al avanzar  le pareció que discurría paralelo al otro, o eso creía. Pero no encontró el más leve resquicio en su superficie. Le empezaba a inquietar la falta de resultados y decidió volver a lo conocido. Si todo salía mal podría volver a la primera esquina y desde allí intentar alcanzar la puerta por la que entró al castillo. Así que se aventuró a cruzar otra vez hacia el primer muro, que suponía enfrente y seguramente a pocos metros.
     Se adentró en la nada, rodeado por aquella vaga luminosidad de un color indefinido, densa, espesa y por momentos fluida. La distancia entre los dos edificios se volvió incierta, no sabía cuánto llevaba andado en busca del pétreo muro. Resultaba inquietante. En algún momento llegó a su pared, la palpó y sentó con la espalda contra ella. Respiró aliviado, se sintió optimista y seguro al contacto con la piedra, aferrado a algo tangible en medio de aquel ambiente irreal.
     Abrió los ojos y le pareció distinguir el muro frente a él, a poca distancia. Tenía frío, le dolía la espalda y estaba cansado. Debía de haberse dormido. Abrió y cerró los ojos repetidamente, y ahí seguía la pared. De allí acababa de volver y estaba más cerca de lo que parecía. La niebla debía estar levantando. Eso le animó. Sería más fácil buscar la entrada. Entonces se levantó y decidió seguir adelante. Caminó por el medio de la calle, si así se podía llamar a la superficie herbosa entre los dos edificios. Daba gusto tener algo de visibilidad, alegraba el alma. Y apareció un nuevo edificio al frente, y el camino se abrió en torno a él. ¿Hacia dónde ir? Se detuvo a meditarlo.
     Sintió un escalofrío cuando la ráfaga de niebla espesa le alcanzó. El corazón le dio un vuelco al sentirse desprotegido, sin un muro junto a él. Espesos jirones de color indefinido se le enredaron, enfriándole. Fue como si le clavaran agujas heladas. A su alrededor desaparecieron los muros, se esfumó la hierba. La envoltura le cubrió por completo, fría, intangible, girando sobre él. Y de pronto, cuando se creía irremediablemente perdido en la nada, el remolino liberó primero sus pies, más tarde sus piernas. Lo supo porque dejó de sentir frío. El calor subió hasta la cintura, ascendió por el pecho, el cuello, la cara y finalmente fue liberado. Se encontró de nuevo en la mullida hierba, entre los muros.  Pudo ver cómo el remolino ascendía y se acercaba al muro. No lo perdió de vista, no fuera a volver, su camino lo llevó hacia las alturas y se atascó allá arriba, girando sobre sí mismo. Luego, sin más, siguió elevándose, dejando al descubierto las almenas, una cola, unas garras… y al final pudo distinguir una estatua blanca erigida sobre las almenas.
     Era la fantástica figura de un dragón, esculpido en mármol blanco. En posición erguida, las alas a punto de desplegarse, los músculos de las patas traseras en tensión, listos para saltar y emprender el vuelo. Su apariencia era tan real… parecía… no, no parecía. Acababa de girar la cabeza y le miraba con aquellos ojos de color azul pálido. ¡No era una estatua! Echó a correr aterrorizado y se perdió por callejones de paredes ciegas, hundiéndose en el suelo herboso y mullido.



     ¡Había niebla! Cerró los ojos y parpadeó varias veces. Sí, había niebla. Se asomó a ver si veía al dragón pero no estaba, le había dado esquinazo. Suspiró aliviado. Sintió el aire frío y húmedo mojarle la cara. Eso ya le había ocurrido. Entonces, ¿seguía soñando o estaba despierto? No iba a haber niebla en los dos sitios… ¿o sí?
     Tardó un poco en darse cuenta de que estaba en la realidad, en la ventana de su habitación, y lo único que vería cuando levantara la niebla, serían los tejados de enfrente. No había dragones.
     No había comenzado el día con buen pie, pero lo que se le avecinaba era peor. Tenía cita con la comandanta. El día anterior había venido su criada, para comunicar la hora a la que acudiría su ama. A ver en qué acababa todo, porque él no soltaba el retrato sin cobrar. Permaneció asomado a la ventana, dejando que la humedad y el frío se adueñasen de él. Era tal la sensación de irrealidad, que pese a estar plenamente convencido de estar despierto, no le hubiera extrañado ver aparecer al dragón. Dejó pasar el tiempo y lo único que apareció entre el espeso manto neblinoso, fueron los tejados cercanos.
     Llegó la hora fatídica y muy a su pesar, bajó a la sala a enfrentarse con la fiera. Allí estaba, toda emperifollada y con cara de malas pulgas. Y también doña Adela, poniendo al mal tiempo buena cara.
     —Buenos días, Alejandro —le sonrió su casera.
     —Buenos días, doña Adela —después se dirigió a la fiera—. Buenos días.
     —Vengo por mi retrato —fue su respuesta.
     —Traerá usted mi dinero… —contestó imaginando que no sería así.
     —¡Bastante me ha hecho esperar! —levantó la voz.
     —Señorita Manuela —intervino doña Adela intentando apaciguar los ánimos—. Creo que el señor Alejandro ha actuado en todo momento de buena fe.
     —¡Pues bien que me ha hecho esperar! Va a tener que hacerme un buen descuento.
     ¡Era el colmo de la desfachatez! Aunque por lo menos, parecía que ya olía a dinero…
     —Si no recuerdo mal, fui diligente con su retrato. Sin embargo, usted ha tardado, digamos… un poco más en venir a pagar, porque supongo, que a eso viene. ¿No? —dijo con sarcasmo.
     —¡Yo pago cuando quiero! ¡Soy hija del comandante! —se sulfuró. La fiera parecía a punto de saltar…
     —Pues, ¿sabe lo que le digo? —se tomó un respiro para darle más énfasis a lo que estaba a punto de soltar—. Que empieza a estorbarme su retrato y si ahora mismo no me lo paga, lo echo al fuego —se sintió ligero como la brisa, sumergiéndose en un mar de niebla infinita, zambulléndose en la nada, alegre en el olvido…
     Fueron unos instantes maravillosos antes de reencontrarse con la realidad. Doña Adela parecía a punto de desternillarse, pero se contenía. Y la comandanta tenía los labios contraídos y una profunda arruga surcaba su entrecejo. Sus labios se entreabrieron al tiempo que un destello maligno cruzó sus pupilas. Si el pensamiento matara…, le entraron ganas de reírse.
     —¡Está bien, traiga el cuadro!
     —Pues será mejor que vaya poniendo el dinero sobre la mesa. Lo contaremos y después lo guardará doña Adela, que es persona de fiar, de las de verdad. Si a usted no le importa —se dirigió a su casera.
     —No, claro que no —le sonrió.
     La comandanta se puso de todos los colores. Sólo le faltó echar fuego por la boca. Sin mediar palabra abrió su bolso, entornó los ojos y contrajo la boca. Le costó un triunfo sacar la faltriquera y abrirla. La tarea de sacar monedas y ponerlas sobre la mesa la hizo sudar. Las últimas le debieron resultar sumamente pesadas por el tiempo que tardó en depositarlas en el montón. Debían ser las del descuento que pensaba hacerse.
     —¡Ahí tiene! —dijo con rabia, abriendo sus fauces y mostrando unos colmillos amarillentos. La fiera se mostraba tal como era.
     Aquello le estaba empezando a gustar.
     —Doña Adela, si me hace el favor…
     Su casera retiró el dinero y lo guardó en su mano.
     —Voy por el retrato.
     Subió tranquilamente a su estudio y bajó con más calma con el lienzo. No se entretuvo más porque estaba doña Adela, que si no… Se asomó con prudencia a la sala. Todo seguía igual.   
     —Aquí tiene lo suyo —apoyó el lienzo en la pared, dejándolo bocabajo.
     —No pensará que lo lleve yo… —se puso lívida.
     Era el colmo de la desfachatez. Todavía se atrevía… ¡qué se había creído!
     —En circunstancias normales, hubiera accedido. Suelo ser una buena persona. Pero en estos momentos, lo que más deseo, es perderla a usted de vista.
     Doña Adela, tan correcta ella, no pudo reprimir una sonrisa.
     —Pero yo… no puedo…
     —Yo tampoco. Además ha dejado de ser mi problema. Mande a alguien a recogerlo —cómo estaba disfrutando—. Quizás cuando venga, siga ahí, si no le ha estorbado a nadie.
     No hizo falta decir más. Tras dirigirle una mirada asesina, se levantó, cogió su retrato metiendo los dedos entre la tela y el bastidor y salió de allí sin decir una palabra. Iba a abombar la tela y a ver quién lo arreglaba luego. Él, desde luego que no. Había dejado de ser su problema.
     —Ha sido usted un poco duro con ella —sonrió su casera—, aunque se lo tenía bien merecido. ¡Ha hecho usted pero que muy bien!
     —Por fin hemos finiquitado el asunto —su felicidad era infinita.
     —Tenga el dinero —doña Adela lo puso en su mano.
     —Ahora le puedo pagar este mes. Con bastante retraso, por cierto —contó el dinero y se lo dio.
     —No tiene la menor importancia. No todos somos como ella, ¿verdad? Usted es de fiar.
     —Gracias por la confianza. Y por su ayuda en este entuerto.
     —No hay por qué darlas. ¿Se toma un cafetito conmigo? Creo que nos lo hemos ganado.
     —Claro que sí, doña Adela, claro que sí.




     Tras el cafetito, subió al estudio pletórico. Había lidiado con la comandanta, y la había vencido. Ahora tenía dinero y además contaba con el que llegaría con el nuevo encargo. En realidad, dos. Había empezado sendos retratos de los hijos de unos señores de alta alcurnia, que vivían en un palacio a la salida de la plaza Mayor. Se podría permitir empezar a trabajar en el proyecto del castillo, estaba cubierto por una temporada.
     Se puso a mirar los dibujos del castillo. Se los sabía de memoria. Los iba a pintar, pero todavía le asaltaban dudas. ¿Era eso lo que quería pintar realmente? ¿Una serie de vistas del castillo? Faltaba algo y creía que su último sueño tenía algo que ver. Seguía soñando con el castillo y con el dragón. ¿Por qué?
     La primera vez que apareció, le ayudó a concebir la composición del Acueducto. Fue una gran obra. Después, simplemente empezó a dibujarlo, pero no encontró sentido a sus representaciones. Puede que debiera prestarle más atención. Quizás le ayudara a convertir las composiciones del castillo en obras maestras.
     Se acercó a la estantería, buscó los dibujos de castillos y dragones y se sorprendió al verlos, porque el parecido era notable. Eran iguales que el dragón del sueño. Movió la cabeza preocupado. Se acercó con uno de los dibujos hasta la pared. ¿Qué quería decirle el dragón? ¿Qué tenía que ver con sus dibujos? Necesitaba saberlo, pronto se encontraría pintando una serie de cuadros sobre el castillo.
     Siguió devanándose los sesos, mirando obsesivamente la serie de dibujos y acuarelas del castillo. Faltaba el del balcón entre las dos torres, pero no le importaba. Se alegraba de habérselo regalado a Elena. ¡Qué hermosa era! Ahí estaba dormida. Recordó cómo la dibujó mientras dormía. Y luego cuando se recuperó y salieron… Estuvo a gusto en su compañía.
     Lástima que viviera tan lejos. Se volvió a la mesa, intentando apartarla de su pensamiento. Necesitaba saber si el dragón tenía algo que decir en las composiciones del castillo. Miraba y remiraba los dibujos, pero las ideas no llegaban. Una y otra vez, volvía al retrato y sus pensamientos se retraían a los momentos que pasó junto a ella.
     Entonces se le ocurrió, tenía dinero, podía ir a verla. Pero ¿y si estaba trabajando? Tomaría algo en la taberna y quizás pudiera disfrutar durante un rato de su compañía. ¿Y si ella no quería saber nada de él? No podía dar por hecho, lo mejor sería escribirle primero una carta. ¿Y adónde se la dirigía?, si no sabía su dirección ni sus apellidos… Podía mandarla a la taberna.
     Cogió papel y pluma y se puso a pensar qué le contaba. Tras un rato intentándolo, abandonó la idea. Lo que no le resultaba cursi, le parecía atrevido. Se presentaría allí y ya estaba. Tenía la excusa perfecta, él era un artista, e iba a pintar. Le gustaban los alrededores del pueblo, el paisaje, el bosque de la tormenta. Eso era, seguro que salía bien. Con Elena había acabado su racha de mala suerte. Había cobrado un retrato y le salían dos más. Había que aprovechar el momento.
     Caminó hacia la ventana. Había levantado la niebla y lucía un sol espléndido. El domingo vería a Elena, lo tenía decidido. Y le llevaría un presente. ¿Unos pendientes, un broche, una sortija? ¿De qué color le gustarían? Con su piel pálida y el pelo castaño, quizás azules o morados… Qué lío, debería asesorarle una mujer. Irene…, no. No quería que supiera nada. Además tenía que romper con ella, cada vez se tomaba más confianzas y no eran novios. ¿O lo eran? Él nunca lo dio por hecho y tampoco se le había declarado ni nada por el estilo. Era complicado entender a las mujeres.
     Se puso a dar vueltas por la habitación. Vaya lío lo del regalo. Pasó la mano por la estantería y volcó un libro. Lo levantó para colocarlo. ¡Eso era! A ella le gustaban los libros. Recordó que le había pedido uno cuando estaba convaleciente. Además, ¿no decía que había ido al castillo pensando en su biblioteca? Era una buena idea. Le compraría un libro, ahora mismo. Sin pensarlo dos veces, cogió dinero y se lanzó escaleras abajo.


domingo, 12 de junio de 2016

LA TORRE. Alejandro y Elena. Cap.7.



7
La vida continúa

     El salón de los dibujos. Ella lo llamaba así por la intrincada lacería de nervaduras que recorrían su techo, se deslizaban por las paredes y acababan enmarcando los amplios ventanales. En realidad era el gran salón, se usaba en contadas ocasiones. Sus padres habían invitado a todo el mundo: a los habitantes del castillo, a los del pueblo y a los nobles de la comarca. Y en ese día tan especial aparecían ataviados con sus mejores galas.
     La luz entraba a raudales, arrancando destellos de su vestido de seda verde. A su paso la gente inclinaba la cabeza. Llegó al pie de la tarima, donde bajo el gran tapiz con el escudo de su linaje, estaban sentados sus padres. 
     —Acércate, Elena —dijo su padre.
     Subió y se arrodilló frente a él.
     —Yo, don Pedro Anduaín, señor y dueño del castillo y sus tierras, he de nombrar al sucesor del Guardián —agachó la cabeza—, al que Dios tenga en su gloria. Escuchados en su día los consejos sucesorios que él mismo me dio y por el poder que me ha sido conferido, te nombro Guardiana de la Biblioteca de la Torre. Así pues, ¿juras solemnemente dedicarte en cuerpo y alma a tu cargo?
     —Sí, juro.
     Su madre se acercó llevando la bandeja de la que su padre tomó el manojo de llaves.
     —Habiéndote comprometido ante mí y en presencia de todos mis amigos y súbditos, te hago entrega de las llaves de la Biblioteca —extendió las manos para recibirlas.
     Sonaron las trompetas. La emoción la embargaba y no pudo impedir que sus ojos se humedecieran. Su padre le hizo levantarse y la abrazó. No podía ser más feliz. Sus familiares y amigos se arremolinaron a su alrededor, todos querían darle la enhorabuena. Era la Guardiana, nunca lo hubiera imaginado.
     Hubo música, comida y baile. Fue un día feliz, al final del cual fue a tomar posesión de la Biblioteca. Le acompañaron sus padres, su dama de compañía y unos mozos que portaban el arcón y el resto de sus enseres. Abrió la puerta y entraron. Despidió a su dama sin dejar que subiera sus pertenencias a los aposentos y se quedó a solas con sus padres. Tenía la sensación de que se iba a vivir muy lejos y eso que seguía en el castillo. Se iban a seguir viendo todos los días, como mínimo a las horas de las comidas. Finalmente sus padres se marcharon.
     Ya estaba en su torre. Conocía la biblioteca, pero no los aposentos del Guardián. Siempre había sentido curiosidad por saber cómo sería la alcoba que había al final de las escaleras. Se dirigió a ellas y empezó a subir despacio, conteniendo su impaciencia. Llegó a un diminuto descansillo. Ahí estaba la entrada, una puerta tallada encajada en el arco. Buscó en el manojo de llaves y abrió.
     Era una enorme habitación circular, del tamaño de la biblioteca y forrada también de madera. Había un sillón, se dirigió hacia él y se sentó, encontrándolo cómodo. Estaba tapizado en un intenso azul cielo y tenía estrellas doradas, igual que la silla que había junto a la mesa. Se levantó y fue hacia allí. Había varias plumas, un par de tinteros, papeles y un sobre. Estaba sellado e iba dirigido a la Guardiana. Era la letra del bibliotecario, la conocía muy bien, siempre se fijaba en ella cuando anotaba el libro que le dejaba. Y se la dirigía a ella. Él la había elegido para el cargo y suponía que contendría las instrucciones necesarias para ponerla al tanto. Lo leería después. Ahora quería seguir viendo su nueva habitación. Había una hornacina y en ella unos pocos libros antiguos, en cuya portada había escritos caracteres que ella desconocía. Abrió uno, olía a antigüedad y seguía con aquella extraña escritura de trazos largos y curvos, con puntitos de vez en cuando. Lo cerró, ya tendría tiempo de indagar. La cama era grande, tenía su dosel y tanto éste como la colcha eran igual que el tapizado del sillón. Y era blanda, qué gusto. Desde allí se fijó en una pequeña pintura, cuyo marco estaba perfectamente encajado en la pared, enrasado con el resto de la madera. Se veía un lago en medio de una inmensa pradera y un bosque al fondo. Se acercó a él. Lo que más  le llamaba la atención era la torre que surgía en medio del lago y el camino que la unía a la orilla. Se parecía a la torre de la biblioteca, pero sin castillo. Una figura solitaria se dirigía hacia ella. Parecía su antecesor en el cargo. Era él, estaba segura. Un cuadro bonito. ¿Podría ella pedir que le hicieran otro parecido? Le gustaría aparecer asomada a la ventana viendo la puesta de sol. Lo mandaría encajar junto a éste.
   Había sido un día largo y empezaba a sentirse cansada. Pero antes de acostarse, quería saber lo que tenía que contarle el Guardián. Se acercó a la mesa y cogió la carta. Rompió el lacre y la abrió. Se sentó en el sillón y comenzó a leer.
     Mi querida Elena: cuando leas estas líneas te habrás convertido en la Guardiana de la Biblioteca de la Torre…



     Era como si Vicenta hubiera rejuvenecido. Seguía yendo por la taberna para tomarse el reconstituyente y luego se quedaba allí, ayudándola. A veces se ausentaba para hacer algún recado, pero siempre volvía. Cada vez la veía más feliz, al contrario que ella. Se miraba al espejo y no reconocía a la joven de antaño. Se veía fea, se veía mayor. Su vida se había reducido al trabajo. Ya no era la misma. No era feliz. Y aquí estaba, en su solitario paseo tras el trabajo. Melancólico vagabundeo en el que lo mismo podía entretenerse observando una piedra, que un insecto zambulléndose en una flor u observando cómo la copa de un árbol huía hacia el cielo.
     Recorría el bosque en el que se refugió con Alejandro el día de la tormenta. Cuando se levantaba, lo primero que hacía era ir a ver su dibujo, lo había colgado en la pared de su alcoba. Ella en el balcón del castillo, entre las dos torres. Igual que lo imaginó aquel día fatídico al pie del castillo. Igual que en aquel triste sueño de la justa entre el bibliotecario y el caballero negro. Y esa madrugada, después de tantas noches vacías, había vuelto a soñar. Y lo había hecho con el castillo. Y por momentos, había alegrado su triste vida. Incluso había sentido el deseo de volver a leer.


  
     Cuando volvió a su casa, menos taciturna que en días anteriores, fue directa a la sala. Su madre estaba atareada preparando la cena.
     —Hola madre. Lo siento, me he entretenido más de la cuenta —se sirvió un poco de agua en la jarra.
     —Hola hija. No deberías andar sola por ahí y menos hasta tan tarde.
     —Me gusta pasear, madre.
     La madre dejó la sartén un momento y se volvió hacia ella.
     —Entonces te vas a tener que dedicar al pastoreo. Así le sacas provecho —esbozó una sonrisa y volvió a ocuparse de la sartén.
     —Madre, qué cosas tienes. Aunque a lo mejor no es mala idea —se sonrió.
     Se puso a preparar la mesa para la cena y encontró un pequeño paquete de papel marrón sobre la mesa. Se emocionó.
     —¿Qué es esto, madre? —preguntó intrigada.
     —Estuvo aquí el maestro —dijo volviéndose.
     —Ah —todo rastro de alegría desapareció.
     —Le dije que no estabas. No le di más detalles, supuse que no querrías verle.
     —Pues no, la verdad.
     —Dijo que era para ti y que ya os veríais.
     Se sentó y apoyó la cabeza entre sus manos. No podía ser. Había vuelto a soñar, se había alegrado por ello, incluso el día había resultado diferente. Había vuelto a pensar en los libros y tenía que ser precisamente el maestro el que se presentara con uno en su casa. ¿Es que cada pequeña alegría tenía que venir seguida por algún disgusto? Se levantó furiosa, cogió el paquete y tentada estuvo de tirarlo al fuego. Se contuvo y lo encaramó al estante.
     —¿No lo abres?
     —Debe ser un libro. ¡Que se lo lleve!
     —Pero hija, llevas un montón de tiempo sin leer…
     —¡No lo quiero!
     —Hija, no te entiendo.
     —Ya no leo, madre.
     —Pues tendrás que devolvérselo. ¿No querrás que vaya yo?
     —No, madre —se acercó a ella y apoyó la cabeza en su hombro—. Pero no me apetece nada verle —susurró.
     —Déjalo estar. Ya encontrarás el momento.
     Agradeció infinito el apoyo de su madre. Pero el daño estaba hecho, el inoportuno de Anselmo le había fastidiado lo que quedaba del día. Así que intentó apagar el disgusto yéndose pronto a dormir. Antes de apagar la vela fue a mirar su dibujo. Le traía recuerdos gratos del castillo. Y también del pintor. Añoraba aquellos paseos con Alejandro en torno al castillo. El castillo, un día de estos se iba a poner a escribir su aventura.



jueves, 2 de junio de 2016

LA TORRE. Alejandro y Elena. Cap. 6.



6
Vuelta a Segovia

     En otras ocasiones deseaba volver a casa para poder plasmar sus nuevas ideas en el lienzo. Pero esta vez no era así. Hubiera preferido quedarse y permanecer cerca de Elena. Tenía algo especial. Resultaba agradable estar en su compañía. Y era tan hermosa… Elena. Había viajado hasta el castillo en busca de ideas y se encontró con ella. Y no, todavía no había dado con esa idea maravillosa para realizar su obra, pero estaba más cerca. Había descubierto que necesitaba una presencia humana, alguien contemplando el castillo. Y ese alguien, podía ser ella. Elena…
     No le apetecía, pero debía ponerse a trabajar. Era necesario, no podía seguir dándole vueltas en la cabeza, lo más probable es que no la volviera a ver. Se levantó de la cama, fue hacia la mesa y sacó los dibujos de la carpeta. Empezó a ojearlos, pero no le aportaban nada nuevo. Tenía que verlos en conjunto. Los colgaría en la pared. Estaba muy llena, así que fue a retirar los bocetos de castillos y dragones. No eran esos los que ahora le interesaban. Los llevó a la estantería y los guardó. Volvió a la mesa y se entretuvo ordenando los  dibujos y acuarelas para ponerlos en la pared. Después fue a por el martillo y unos clavillos y empezó a clavarlos. Cuando acabó, acercó la silla y se sentó a estudiarlos.
     Se había alejado bastante del pueblo, hasta que éste desapareció de la vista y el castillo fue tan sólo un detalle en un paisaje estructurado horizontalmente. En el segundo dibujo parecía que el protagonista era el bosquecillo. Pero el tercero estaba mucho mejor, había tomado prestado el bosque del anterior para ponerlo en primer término. Tras la pradera había un bosque y detrás la silueta oscura del castillo. Le gustaba. El castillo dominando el pueblo, tampoco estaba mal, tenía buenos contrastes entre luces y sombras. En cambio al de la plaza le faltaba vida, resultaba algo frío. Le seguían varias vistas de las últimas casas del pueblo y detrás la zona del castillo que tenía la espadaña con las campanas de la iglesia. Era una dualidad extraña y atractiva, sin embargo los dibujos no acababan de convencerle. De los que hizo alrededor del castillo, el que más le gustaba era el de la cara oeste, el almenado, las tres torres, saeteras y ventanas salpicando el muro sin orden ni concierto.
     Tenía una buena colección de dibujos. Tal y como estaban ordenados, parecía el viaje de un personaje hacia el castillo desconocido, se acercaba, le daba la vuelta…
     —¡Eso es! Alguien que va a ver el castillo —se levantó de un salto y corrió hacia la ventana emocionado. Abrió y se asomó para sentir el aire fresco sobre su rostro. Las ideas llegaban. El viaje, eso es lo que reflejaría en su pintura. No había que darle más vueltas. Aunque entonces le tocaría pintar varios cuadros, pero eso no importaba.
     Lo que le había costado. Se había acercado a él a través de los sueños, de un Alcázar desvirtuado que acabó convirtiéndose en el castillo. Acudió a conocerlo. Y entonces apareció Elena, que le dijo que había soñado con él y que también había ido a verlo. Dos personas yendo hacia el castillo al mismo tiempo. Podía ser una coincidencia. Pero, ¿y la música? Surgida de la nada, ante ellos, para ellos, no había que olvidarla. No había ninguna duda, el viaje al castillo, ese sería su motivo.
     Volvió a sentarse delante de los dibujos. Faltaba el del balcón, Elena en el balcón. Era mejor que los dos que conservaba, pero se alegraba de habérselo regalado. Recordó que tenía un retrato suyo. Fue a la carpeta y lo buscó donde lo había escondido, entre los papeles en blanco. Lo encontró. Hasta dormida parecía un ángel. Lo colgó a continuación de los otros y volvió al asiento. También podía pintarla así, dormida, a las puertas del castillo. La puerta, si no tenía ningún dibujo de esa zona. Fue cuando encontró a Elena y después se había olvidado.
     Oyó que llamaban a la puerta. No le apetecía que le interrumpieran, pero la puerta se abrió y se imaginó quién era antes de volverse.
     —Hola Irene —saludó sin ganas. Entró alborotada y feliz, como siempre.
     —Hola, Alejandro. Cualquiera diría que te fastidie verme —se quedó seria.
     —No es eso —mintió—. Estaba estudiando estos dibujos y de pronto me he sentido… interrumpido en mis cavilaciones.
     —Vaya, pues lo siento —se encogió de hombros—. Bueno, ya que estoy aquí, cuéntame, ¿qué tal te ha ido? ¿Lo has conseguido por fin?
     —Casi. Ando más cerca. Nunca pensé que fuera tan complicado.
     Elena se acercó a los dibujos.
     —¡Vaya si han mejorado! Éste del bosque —señaló—, está muy bien. Yo desde luego, pintaría éste.
     —Seguramente el del bosque sea el mejor y, ¿sabes una cosa? Esa vista no existe.
     —¡Que tramposo! —sonrió.
     Se le pasó el mal humor comentando sus dibujos. Hablaron sobre las composiciones y las modificaciones efectuadas en algunos de ellos. Y eso tuvo el efecto de calmar su mal humor. Se encontraba a gusto charlando de su trabajo, sobre todo al hacerlo con alguien que lo apreciaba. Irene tenía sensibilidad. Seguro que sería buena si quisiera dedicarse al arte. Y por la cara que ponía en esos momentos, estaba tramando algo mientras miraba el retrato de Elena.
     —¿Quién es esta chica tan mona que tienes junto a los dibujos del castillo? —dijo con cierto retintín.
     Se quedó serio. No quería hablar de ese tema con ella, pero por otro lado no tenía por qué contarle todo.
     —Fue un encuentro muy curioso. Coge una silla y siéntate. Estaba yo haciendo los últimos dibujos en los alrededores del castillo… —le contó a grandes rasgos la historia del encuentro, omitiendo detalles como el de la música o la impresión que le había causado.
     —Vamos, que te echaste una amiga —volvió a la carga.
     —No, ni mucho menos —intentó no dejar traslucir sus emociones.
     —No sé yo. Con la cara que se te pone al hablar de ella, diría que te gusta —estaba pesadita.
     —A cualquiera le llama la atención una mujer hermosa.
     —Si no me puedes engañar… —Irene apoyó la mano sobre la suya. Se puso nervioso, pero no se atrevió a retirarla.
     —Por cierto, estas correrías tuyas, las vas a tener que hacer más a menudo.
     —¿Por qué? —se sorprendió y hasta creyó que le subían los colores, temiendo lo que pudiera seguir diciendo acerca de Elena.
     —Cada vez que te vas, te sale un encargo.
     —¿Y has tenido que esperar hasta ahora para decírmelo? —contestó aliviado y animado ante el nuevo encargo.
     —No vas a perder el encargo por enterarte un poco más tarde.
     —Bienvenido sea. Y dime, a quién tengo que pintar. ¿Tal vez algún santo?
     Irene negó con la cabeza.
     —¿Alguna mujer fea y con bigote?
     Volvió a negar, aguantando la risa. 
     —¿Al perro de algún ricachón, posando con su presa en las fauces? —se rió intentando provocarla.
     Por fin se le escapó la sonrisa y en ese momento soltó su mano.
     —Un perro creo que no era, pero déjame pensar —se puso la mano en la cara y se tomó su tiempo como si intentara recordar—. Tampoco le vi la aureola… y creo que los santos no viajan sin ella —seguía estirando la respuesta—. ¡Ah! ¡Ya recuerdo!, era una mujer…, pero lo siento —puso cara compungida—, no tenía bigote y además era casi tan guapa como tu amiga.
     —¡Que no es amiga mía! —le ponía nervioso que insistiera en hablar de Elena. Irene le tomó la mano. Le tenía en ascuas y encima se reía de él.
     —Pero ¿quién es?, ¿dónde vive?
     —Yo no sé nada —y lo decía así, tan fresca.
     —¿Cómo que no sabes nada?
     —Le tendrás que preguntar a mi madre. Creo que le dio la dirección.
     —Pues ahora mismo voy.
     —No seas impaciente, que no se te va a escapar el encargo.
     —Bajo ahora mismo a ver adónde tengo que ir y me marcho —se soltó de su mano.
     —¡Impaciente! ¡Cagaprisas! —le dijo cuando salía por la puerta.
     La dejó allí sentada, mientras él huía hacia su próximo encargo.