viernes, 1 de julio de 2016

LA TORRE. Alejandro y Elena. Cap. 10.



10
La segunda visita

     Ahí estaba de nuevo delante de la taberna, como siete días atrás, con los nervios a flor de piel. Había pasado toda la semana soñando con que llegara el domingo. Tuvo que llenar su tiempo, ocuparlo de la mañana a la noche, sin dejar un resquicio; dibujando, pintando, preparando el futuro proyecto del castillo, todo para evitar desquiciarse en la espera, para superar la impaciencia que le consumía. Trabajo y más trabajo, exceso de trabajo sin descanso.
     Ahí estaba otra vez, como el domingo pasado. Se armó de valor, avanzó hasta la puerta y abrió. Surgió la voz alegre y cantarina de Elena, a la que respondió una no menos alborozada Vicenta. Parecían un par de amigas limpiando el lugar, como si fuera un juego entretenido.
     —Buenos días tengan ustedes —saludó nervioso.
     —Buenos días —le sonrió Vicenta.
     Elena apoyó la escoba en un asiento y caminó resuelta hacia él. Adelantó la mano para saludarla y ella se la cogió y le dio un beso en la mejilla.
     —Hola —le susurró. A él le subió el calor hasta las orejas.
     Se sintió embargado de felicidad y vergüenza al mismo tiempo. Lo había hecho con Vicenta allí delante… Elena soltó su mano y se volvió, fue hacia el mostrador y cogió la cesta.
     —Nos vamos. Hasta luego, Vicenta.
     —Que tengáis un buen día —se quedó mirando cómo salían, apoyada en la barra.
     —Hasta luego —contestó fuera de sí, sin acabar de creérselo.
     Pensaba que podría disfrutar de su compañía durante un rato, mientras se tomaba un café en la taberna; que con un poco de suerte, tras la hora de la comida, la dejaran salir un ratillo… pero aquello superaba todas sus expectativas. Ningún patrón se comportaba así. A lo mejor es que eran familia.
     —¿Le gustaría volver al bosque? —dijo Elena nada más salir.
     —Claro que sí. Donde usted quiera —contestó bastante nervioso.
     —El bosque encantado es mi lugar preferido —y le mostró una sonrisa amplia y fresca.
     No supo qué decir. Le había dado un beso y eso era más de lo que hubiera podido imaginar. Y encima tenían el día para ellos. Las palabras no surgían de su boca. Con todo lo que había imaginado que le contaría mientras venía en el autobús. El pueblo se alejaba y él seguía sin saber qué decir.
     —Me está gustando mucho “El paraíso perdido” —al final fue ella la que tuvo que tomar la iniciativa.
     —No sabía cuál comprar, no conozco sus gustos.
     —Pues acertó. Me encanta. Es una manera tan poética la que tiene Milton de describir los hechos… Ya voy por la mitad.
     —A mí me duraría un mes como mínimo —contestó asombrado.
     —Es que me gusta mucho leer. Ahora que tengo su novela, no dejo pasar un día sin dedicar un tiempo a la lectura. Todas las tardes, al salir del trabajo me doy un paseo y luego a casa, a leer,  hasta que se va la luz.
     —Pues el próximo domingo le traigo otra novela…
     —¿Vendrá? —se volvió hacia él, visiblemente emocionada.
     —Siempre que usted quiera —se sonrojó.
     Elena estaba feliz, embriagada de alegría.
     Hacía rato que dejaron el pueblo atrás. El tímido verde de los incipientes cultivos animaba el recio paisaje castellano, tan sobrio y triste en los duros y largos meses invernales. Al fondo se perfilaba la mancha azulada del bosque hacia el que se dirigían. Recordó las pinturas de Patinir en el museo del Prado. Tras un primer término en el que existían algunos cálidos, el paisaje se tornaba completamente verde en el término medio y se volvía azul para llegar a la lejanía. Entornó los ojos. Con un poco de imaginación podía prolongar el azul del bosque a las inmediaciones, intensificar el verde de las tierras de labor… y los azules y verdes se diluían, porque su presencia era cálida… porque allí en primer término, a su lado, estaba Elena, camino del bosque azul, en el que se refugiaron de la tormenta, donde la dibujó hacía ya una semana. El bosque sólo le traía buenos recuerdos.
     Cuando se sumergía en su arte se volvía más comunicativo y se hallaba más seguro de sí mismo, así que se animó a hablar.
     —¿Se da cuenta que es la tercera vez que acudimos al bosque? —se le ocurrió decir, sin siquiera pensarlo. 
     —La segunda la empleó usted como excusa para estar conmigo —Elena le sonrió con cara de diablilla traviesa.
     Quedó ofuscado ante su franqueza y volvió a no saber qué decir.
     —Perdóneme. Espero no haberle ofendido. A veces soy demasiado impulsiva…
     —No…, si tiene razón. Toda la razón.
     —Entonces, ¿me perdona? —dijo poniendo boquita de piñón.
     Cómo no la iba a perdonar, si estaba seductora.
     —Está perdonada —le salió en un susurro. Elena relajó su cara y sonrió.
     Dejó que se adelantara. Viéndola caminar, recordó su idea para pintar el castillo.
     —¿Se acuerda de los dibujos del castillo?
     —¡Cómo no me voy a acordar! —se detuvo—. Me los enseñó aquella noche a la luz del candil, eran magníficos… —se detuvo, miró al cielo y suspiró—. Además tengo el de las torres. Lo puse en mi alcoba y lo veo todos los días… —siguió con la mirada perdida, soñadora. 
     —Pues ya sé lo que quiero pintar —dijo todo orgulloso—, el otro día me dio usted la idea.
     —¿De veras? —se emocionó.
     —Pero me tiene que ayudar.
     —Si está en mi mano…
     —Verá, es su camino hacia el castillo…
     —¿Mi camino hacia el castillo? —le miró divertida.
     —Su misterioso viaje hacia el castillo —vio cómo la expresión de Elena cambiaba, estaba intrigada—. Lo he traído, luego se lo enseño.
     —¿Y en qué puedo yo ayudarle?
     —Tiene que volver a contarme la historia. Desde el momento en que salió de su casa, hasta que llegó a sus puertas.
     —¿Quiere que se la cuente ahora?
     —Me gustaría.
     Siguieron caminando. Mientras el azulado bosque se acercaba y se volvía verde, Elena empezó a relatar su historia. Comenzó en aquella madrugada en la que se ausentó de su casa para dar una vuelta. De cómo ésta se prolongó y llegó a ver el castillo. Y cómo entonces no pudo evitar el seguir adelante, parándose de vez en cuando a admirarlo. Después llegó al pueblo y bailó en la plaza como hiciera en otra ocasión lejana, al son de aquella música surgida de no sabía dónde. Y lo que le costó ascender aquella cuesta, impedida por la música, y llegar a la puerta en la cual se sentó a descansar.
     Las copas de los árboles aclaraban con la luz, mientras las sombras se volvían pardas. Puede que otra persona lo hubiera resumido en unas pocas frases, pero ella aún continuaba su historia cuando llegaron al bosque que había dejado de ser azul. Y concluyó cuando los sueños se apoderaron de su persona y perdió la consciencia en la misma puerta que no pudo traspasar.
     —El otro día no entramos por aquí…
     —¿Cómo lo sabe?
     —La vegetación está escalonada y es más alta hacia el interior del bosque. El otro día todo eran árboles enormes.
     —¡Vaya! Y yo pensando que era la única que conocía el bosque… De hecho, nunca he visto a nadie adentrarse en él —y volvió a poner cara de diablilla— Igual puede guiarnos
     —Si quiere que nos perdamos... —bromeó.
     Continuaron uno junto a otro, hasta que la senda fue estrechándose y ella se adelantó. Siguieron entre árboles y matorrales, apartando ramas o agachándose para pasar por debajo. La vereda se separó y volvió a unirse varias veces y acabó desembocando en un pequeño claro bajo un árbol desconocido para él. Se detuvo asombrado. Ella siguió hasta el tronco y se volvió.
     —¿Qué le parece? —extendió los brazos.  
     No tenía palabras para describirlo. La espesura del bosque se abría para dejar que un único árbol se adueñara de un pedazo de terreno a su alrededor. No es que fuera un árbol gigante, pero tenía su buen tamaño. Frondoso, con sus oscuras hojas relucientes, como si estuvieran recién barnizadas y el tronco mate y plateado formando un contraste violento. El suelo parecía desnudo, con alguna hoja caída y unas pocas piedras cubiertas de musgo. Le recordaba a un libro que leyó de niño, las leyendas irlandesas, con sus seres mágicos del bosque. Elena era el hada, delante del árbol mágico que la protegía y daba cobijo. Y la luz, las motitas de luz que lograban filtrarse saltando de hoja en hoja, llegaban matizadas de infinitos verdes hasta el suelo. Y en el camino se posaban sobre Elena, mimetizándola con el entorno. No le hubiera extrañado que empezara a sonar la flauta…
     Era de esos momentos en los que se sentía seguro, porque todo iba a salir bien, no podía ser de ningún otro modo. Paso a paso se acercó a ella, entrando en el círculo de reflejos verdes. Ella agachó la cabeza, pero no dejó de mirarle.
     —¿Habías visto alguna vez hojas así? —dijo Elena desviando la vista sobre una rama que pasaba junto a ella.
     —No —posó la mirada sobre la misma.
     Eran hojas de un verde intenso y oscuro, brillantes hasta refulgir y llenas de picos. Llevó su mano hasta una y pasó el dedo por encima, era suave y resbaladiza. La tomó entre dos dedos y apretó, la sintió flexible. Sintió una punzada y retiró la mano. De la yema del dedo dolorido surgió una gotita de sangre.
     —Es del color del fruto —dijo Elena. Le cogió el dedo, se lo llevó a los labios y succionó la sangre. Luego lo miró y depositó en él un beso—. Ya está curado.
     La miró a los ojos. Acercó la mano y rozó su mejilla, sintiéndola suave. Sus ojos se sumergieron en las pupilas de Elena, y se encontró con el reflejo de las suyas. Reflejo tras reflejo, cada uno inmerso en el interior del otro, multiplicándose hasta el infinito. Buscó más allá del reflejo, se acercó más aún y la visión se tornó borrosa sobre aquellos límpidos círculos sienas. Cerró los párpados y notó el roce de su piel. Su nariz encontró la de ella, giró la cara y se acomodó, las mejillas entraron en contacto y sus bocas se acariciaron. Fue un roce de labios, sensual y embriagador. Se separó y volvió a acercarlos entreabiertos. Intentó abrazarla, pero la carpeta alojada bajo su brazo se lo impidió. Despacio, separó los labios y abrió los ojos, respirando más rápido de lo habitual. Ella se echó hacia atrás, encendida, sin dejar de mirarle y tropezó con el tronco. Sonrió y se agachó a dejar la cesta en el suelo. Él se deshizo de la carpeta. Elena volvió a él, risueña. Se abrazaron con ansia y buscaron el roce de sus rostros, se separó a mirarla, y volvieron a juntarse con premura, buscando los labios del otro, fundiéndose en un beso.
     No fue hasta mucho después, cuando sus almas quedaron saciadas, que lograron separarse. Todavía se tomaron de las manos y sus tímidas miradas volvieron a buscar el contacto esporádico, mientras sus respiraciones trataban de calmarse.
     El lugar era mágico, tenía que haber influido. Esto no les habría pasado en la taberna, ni en el camino hacia el bosque, ni en las zonas enmarañadas de la floresta… En cualquier otro lugar… le hubiera costado muchas citas el atreverse a declararse, a darle tan sólo un beso. Y aquí, sin palabras, resultó de lo más natural.
     Decidieron seguir su camino y lo hicieron cogidos de la mano. Ella, más que caminar, danzaba, obligándole a cambiar el paso, tropezar y correr.
     —Se nota que no estás acostumbrado a caminar por el bosque —rió feliz girándose hacia él, obligándole a detenerse—. ¡Oh! —dijo entre asustada y asombrada—, te he tuteado. Supongo que ahora puedo —y se acercó hasta rozar sus labios y se demoró en ellos unos instantes.
     —Claro que puedes tutearme —sonrió—. Y no pienses que sólo ando por las calles de Segovia. También salgo al campo a pintar.
     —Serán caminos anchos y lisos —se burló.
     —Eso sí. Hablando de caminos, tienes que acabar de contarme el viaje al castillo.
     —¡Ya ni me acordaba! ¿Cómo quieres… —se abalanzó de nuevo sobre él.
     Cuando volvieron a caminar le siguió relatando su historia, hasta concluirla en el momento en que llegada a su destino, agotada, se embarcó en el sueño y perdió el sentido. Llegados a uno de los claros que abundaban por aquella zona, se detuvieron. Éste estaba poblado de hierba florecida sobre la que se sentaron.
     —Quería traerte a un  sitio diferente, quiero que vayas conociendo mi bosque —dijo apoyando los brazos en las rodillas—. ¿Te ha servido de algo lo que te he contado?
     Por toda respuesta, sonrió y abrió su carpeta, tras lo cual se puso a ordenar los dibujos sobre la hierba.
     —Esto es lo que quiero pintar. Ahora veo que falta añadir uno de la primera vez que viste el castillo, un detalle perdido en la lontananza. También otro en la puerta, y quizás uno más entre estos. Ocho en total.
     —¿Ocho dibujos? —le miró a los ojos. Él negó con la cabeza.
     —Ocho pinturas, al óleo.
     —¿Tantas? —se irguió— ¿Y voy a salir en todas ellas?
     —Claro, eres la protagonista. Llevo tanto tiempo intentando pintarlo, sin saber cómo hacer… Era como si la puerta de mi imaginación estuviera cerrada, hasta que llegaste tú y me diste la llave…
     —La llave… —cerró los ojos.
     —¿Qué ocurre? —acarició su pelo.
     —Nada —dijo mirando al suelo—. He recordado uno de mis últimos sueños. La llave abría un libro llamado “Los misterios del Castillo”.
     —Has tenido muchos sueños con el castillo.
     —Muchos —levantó la cabeza—. Querría empezar a escribirlos. No quiero que se me acaben olvidando.
     —¿Me los dejarás leer?
     —Sí, sólo a ti —se acurrucó junto a él y le abrazó.
     —Mis sueños, han sido extraños —dijo al tiempo que le pasaba el brazo alrededor de la cintura—. Al principio se confundía con el Alcázar…
     —Podías escribirlos tú también…—puso el dedo en la punta de su nariz.
     —Yo no sé escribir. Nunca se me dio bien —ella presionaba su nariz—. Prefiero dibujar —le agarró el dedo.
     —Si me los cuentas, yo lo haré por ti.
     —Pues te los contaré.
     —Pero tienes que hacerme un favor —dijo acariciándole la mejilla.
     —Los que quieras.
     —Necesito que me traigas un cuaderno, pero que no sea de rayas —matizó.
     —Te lo traeré —rió de buena gana.
     —No te rías. En el pueblo no traen otros.
     Tan embelesados estaban que casi se les olvidó comer. A él le hubiera dado lo mismo. Estaba viviendo un sueño junto a Elena y no quería despertar. Y lo único que recordó de aquella tardía comida fue el roce de sus dedos al pasarle el pan, su adorable sonrisa y sus besos. Besos salados, besos dulces y besos húmedos. Así se les pasó el tiempo, entre caricias y risas, susurros y besos. Quedaba poco tiempo y no quería marcharse sin dibujarla. Se lo pidió y ella accedió a posar como él la imaginaba: camino del castillo, detenida y abstraída.



jueves, 23 de junio de 2016

LA TORRE. Alejandro y Elena. Cap. 9.



9
Alejandro visita a Elena

     La flauta lo había dicho: espera, todo llegará a su debido tiempo. Y las cosas habían empezado a cambiar en la taberna. Se acabó la soledad de las mañanas y el trabajo atropellado en el bullicio del mediodía. Su ausencia había servido al menos para provocar el cambio. Ahora tenía a Vicenta, que además de ayudarla, le hacía compañía. Acabó de limpiar el mostrador y se apoyó en él. Ahí estaba, como todas las mañanas, tomándose el reconstituyente que ella le preparaba. Lo disfrutaba con calma, paladeándolo, mientras sus ojos escudriñaban plácidamente la calle. ¿Qué pensaría en esos momentos? Su vida también había sufrido un cambio a mejor, había dejado de sentirse enferma y cansada. Salir de casa le había hecho bien. Cogió el trapo y la jofaina y se fue hacia las mesas. Al sentirla, Vicenta se volvió. Seguía pensativa.
     —¿Sabes una cosa? —dijo Vicenta, dejando vagar su mirada en el infinito—. El otro día Enrique me dijo que el vino bueno había dado un bajón.
     —¿Y qué le dijiste?
     —Me entró la risa. Intenté ponerme seria, pero no fui capaz. Le dije que me había dado por beber, y que siendo dueña del negocio, no iba a tomar vino del malo. Si vieras la cara que puso… —se empezó a reír sin poder contenerse.
     Elena terminó de limpiar una mesa y se apoyó en ella.
     —A mí no me ha comentado nada.
     —Al rato se puso muy serio y dijo que una mujer no debería beber. Le contesté que si algunos hombres  bebían hasta perder el sentido y la noción de lo que está bien y lo que está mal, por qué no había yo de poder echar unos tragos.
     —¿Te atreviste?
     —Ya lo pensé después. Menos mal que no se atravesó. Me sorprendió que se quedara callado y… —Vicenta se calló y miró hacia la puerta.
     Acababa de abrirse y unos pasos resonaron en la taberna.
     —Buenos días, caballero —saludó Vicenta.
     —Buenos días tengan ustedes —reconoció la voz y se volvió. No podía creer que estuviera allí.
   Él se detuvo y sonrió. Ella fue incapaz de moverse, pero le devolvió la sonrisa. Creyó estar soñando.
     —Hola, Elena. Me alegro de verla —avanzó hacia ella despacio.
     —Hola Alejandro… —le salió un hilo de voz— ¿Cómo usted por aquí?
     —Por mi trabajo. He venido a dibujar.
     —¿Quiere tomar algo? —intervino Vicenta.
     —La verdad… es que no sé qué tomar… —parecía estar tan nervioso como ella.
     —Prepárale un carajillo, Elena. Pero siéntese usted, no se quede ahí de pie.
     Elena fue tras el mostrador. Así estaría ocupada un rato, mientras se reponía de la sorpresa. Todavía no se podía creer que estuviera allí. Lo de dibujar era una excusa. Seguro que había venido  a verla.
     —No es usted de por aquí.
     —No, vengo de Segovia.
     —¿Y qué ha venido a dibujar? —intervino Elena, que no se perdía detalle.
     —Quiero ir a dibujar a un bosque que me han dicho que hay cerca de este pueblo —y mirando a Vicenta— soy pintor, ¿sabe usted?
     —Y se viene hasta estas tierras perdidas… ¿No hay bosques donde vive usted?
     —Sí que los hay, pinares. Pero me han hablado de uno que hay por aquí donde hay una gran variedad de árboles.
     —¿No será el bosque encantado? —se alarmó Vicenta.
     —De eso no sé nada. A mí me han hablado de un bosque enorme, de vegetación espesa y cerrada… No sé si estaremos hablando del mismo. Según me dijeron, está situado hacia el este o el noreste, no lo sabían con exactitud.
     —Sí, tiene que ser ese. Los otros dos son pequeños y bastante abiertos y están uno por el oeste y el otro hacia el sur.
     Había venido por ella, no había duda. Se sintió feliz. Cogió la taza y la llevó a la mesa. Cogió una silla y se sentó al lado de Alejandro.
     —Sé a cual se refiere. Pero no sabía nada de que estuviera encantado —intervino Elena.
     —Un sitio extraño. Dicen que la gente desaparece en su interior. Ahora nadie se atreve a internarse en él, ni siquiera los leñadores. Al último que taló un árbol, y eso fue en el límite exterior, le cayó encima y lo mató. No era un novato, conocía su trabajo.
     —Es justo lo que busco, un lugar extraño y mágico. Por eso he venido hasta aquí —agarró la taza y bebió.
     —Vaya con cuidado —dijo Vicenta.
     —No se preocupe… lo dibujaré desde lejos.
     —¿Se va a quedar mucho tiempo por aquí?
     —Ya me gustaría, pero el trabajo me reclama. Mañana mismo tengo que estar en Segovia. Estoy haciendo unos retratos.
     —Pues debería darse prisa. El bosque queda lejos de aquí —después de decirlo se arrepintió. A ver si pensaba que le estaba echando.
     —¿Sabe ir hasta allí? —preguntó Vicenta.
     —Pues no… Si me hicieran el favor de indicarme…
     —Elena, ya que sabes dónde está, podías acompañarle.
     —De acuerdo —contestó emocionada. Vicenta se olía algo. Había visto cómo se quedó cuando entró. Pero no había preguntado de qué se conocían. Sabía ser discreta, una cualidad extraña en el pueblo.
     Vicenta, que había acabado su cordial, se puso en pie.
     —Hay que darse prisa. Elena, vamos a preparar unas viandas y le llevas hasta allí, no se vaya a perder. Hoy me hago cargo de esto.
     —Gracias, Vicenta.
     —Gracias —repitió Alejandro.
     —Ya podéis tener cuidado con el bosque, no entréis en él.
     —No se preocupe, no quiero que me caiga un árbol encima —dijo Alejandro muy serio.


     No sabía que el bosque estuviera encantado. ¡Menuda tontería! Sus padres nunca le dijeron nada al respecto, además lo hubiera notado, ella que había vivido lo del castillo. ¡Eso sí que era sobrenatural! Caminaba deprisa, como solía hacer cuando salía a pasear. Ella con la cesta de la comida y Alejandro con su carpeta, y esta vez no iban a refugiarse de la lluvia. Fue ella la primera en romper el silencio.
     —El otro día en el bosque… con la lluvia, preocupado porque se mojaran sus dibujos, ¿fue capaz de encontrar algo que llamara su atención?
     —La luz… con la tormenta y los relámpagos… la poca luz que lograba filtrarse…
     —Pues hoy luce el sol. La sensación será totalmente diferente —era cierto, había venido por ella. Lo del bosque era una disculpa.
     —El follaje sigue siendo denso, a la luz le costará llegar al suelo —él seguía intentando justificarse.
     —Le puedo llevar adonde prefiera. Hay zonas donde ni en un día como hoy entra la luz, otras donde se abren claros y surgen pequeñas praderas, sitios donde el matorral lo cubre todo y los pájaros campan a sus anchas.
     —Lo conoce bien al parecer.
     —Vengo a menudo.
     —¿No vendrá sola? —se detuvo.
     —Sí, sola. ¿De verdad no creerá esas historias?
     —No es buena idea. Lo dijo la tabernera.
     —Vicenta.
     —Que era un lugar extraño, y hablaba de desapariciones.
     Elena se detuvo. ¡No se lo podía creer!
     —¿Más extraño que lo del castillo y la música?
     —No…, hemos vivido algo inexplicable —agachó la cabeza y siguieron caminando.
     Que le preocupara que fuera al bosque después de haber permanecido en él bajo una tormenta, casi sin luz, en un lugar que hacía las veces de madriguera… Tenía que averiguarlo de una vez.
     —¿No hay bosques en Segovia?
     —Sí. Pinares, son demasiado… homogéneos. Aburridos, nada pictóricos. El otro día me sorprendió éste.
     No había manera, seguía sospechando que no había venido precisamente a ver el bosque. ¿Por qué si no había ido a la taberna? A verla a ella, claro.
     Llegados al bosque se internaron en él. Le fue hablando de plantas, rocas y árboles curiosos. Él atendía a sus explicaciones y le hacía preguntas. Pero le daba la impresión de que no estaba buscando algo que quisiera dibujar.
     —Alejandro, deme alguna pista, ¿qué es exactamente lo que quiere ver?
     —De momento, un sitio donde sentarnos.
     —Bien. Venga por aquí —contestó un tanto descolocada con la respuesta. ¿Estaría cansado ya?
     Llegaron a la bifurcación y tomaron la senda que iba hacia el oeste y llegaron a un árbol caído.
     —¿Le parece bien aquí?
     Alejandro no contestó. Dejó la carpeta en el tronco y la abrió. Sacó un pequeño paquete de color marrón y se lo enseñó.
     —Elena, me he permitido traerle esto.
     —¿Para mí? —se sorprendió—. No tenía por qué…
     Se acercó a cogerlo. Le encantaba que hubiera tenido un detalle con ella. Se imaginó que serían unas galletas. A lo mejor eran bombones. Lo abrió con cuidado y se quedó estupefacta. Eso sí que no se lo esperaba. Le envolvió con la mirada.
     —¡Un libro! —le miró entusiasmada—. ¿Cómo supo…?
     —Quería  traerle algo y no sabía qué. Hasta que recordé que pidió un libro cuando guardaba cama.
     —“El paraíso perdido”, John Milton. Es usted un cielo —y espontáneamente le abrazó—. Gracias, Alejandro. No sabe lo feliz que me hace.
     —No se merecen.
     Le había dado donde le dolía. Y pensar que rechazó el libro de Anselmo, que había dicho que no volvería a leer… Sintiendo su proximidad y su calor, se puso nerviosa. Pensaría que era una fresca. Se separó de él.
     —No piense que… yo nunca me porto así —notó que le subían los colores.
     Se sentaron en el tronco, a una distancia prudencial. Con el libro en las manos, se quedó contemplando la portada.
     —Debería dibujar… —Alejandro sacó papel y lápiz de la carpeta.
     —Entonces leeré un poco —le miró sonriente y feliz.
     Abrió el libro, pero no empezó a leer. Nunca había visto a un pintor trabajando. ¿Qué iría a dibujar? Empezó a mover el lápiz sobre el papel mientras miraba en su dirección. Miró a su izquierda. Un árbol, claro. Bueno, a lo suyo. El paraíso perdido, sonaba interesante. Pasó la hoja, capítulo primero. No acabó de leer la primera línea, quería ver lo que hacía. Intentó mirar disimuladamente, pero se sintió observada y bajó los ojos. Volvió al libro, pero no podía reprimir la curiosidad y… se encontró con sus ojos.
     —No me estará…
     —Siga leyendo un rato más, por favor.
     —Está bien —accedió. Ahora que estaba inmerso en su trabajo, se le veía más seguro. Aprovecharía para que se lo confirmara, quería oírselo decir a él.
     —Alejandro, todavía no me ha dicho qué ha venido a buscar al bosque.
     —¿Aún no se ha dado cuenta? —dijo sin levantar la cabeza.
     —Lo sospecho… —ella tampoco se atrevía a mirarle.
     —He venido a verla a usted.
     —Me siento halagada… —sus miradas se encontraron y ella la desvió avergonzada.
     —No me mire, por favor. Siga con el libro.
     —He de confesar… que me he acordado de usted. Miraba el dibujo que me regaló…
     —Yo… hacía lo mismo, miraba su retrato…
     —¿Mi retrato?
     —Sí. Quizás obré mal, pero aquel día mientras dormía... la retraté.
     —¡Ah! —se sorprendió—. ¿Hace dibujos de la gente sin su permiso? —aquello sirvió para amortiguar la tensión del momento.
     —La vi tan hermosa…
     —¿Se lo parezco? —se atrevió a mirarle.
     —Bellísima —Alejandro enrojeció ligeramente.
     —Le perdono. Pero debió habérmelo enseñado.
     —No me atreví, no fuera a parecerle mal.
     Nadie se lo había dicho. Bueno, sí, su madre. Pero ella no contaba, a todas las madres sus hijas les parecían hermosas. Ella se consideraba normalita, y aquí estaba Alejandro, mirándola con buenos ojos. Era una sensación nueva para ella. Trató de seguir leyendo mientras posaba para él, pero el sentirse observada, dejando que atrapara su… ¿belleza? Por enésima vez, su mirada se perdió entre las letras, que se le descolocaron y fue incapaz de volver a ordenar. Traspasó la hoja, llegó a la siguiente y luego a la otra, hasta que desapareció el libro y quedó sumergida en la fronda. Miles de puntos de luz que se colaban a través del follaje, la alcanzaban y embellecían, para que el pintor pudiera dibujarla. A ella, la bella Elena.
     Regresó del limbo al sentir la cercana presencia de Alejandro, de pie junto a ella, que sin hablar le mostraba el dibujo. Tuvo que cerrar los ojos antes de poder enfocarlos en el papel. Se quedó extasiada: ella y el bosque, ella mimetizada en el bosque, un elemento más en la vida del bosque, su bosque…
     —Estoy dentro del bosque, el bosque está en mí…
     —Entre la vegetación, parece tan feliz aquí que he dejado que las trepadoras se enreden en sus cabellos, la luz se pose sobre usted y su reflejo salpique la vegetación.
     —Alejandro, si alguien me hubiera dicho que sobre un pedazo de papel se pueden hacer tales cosas, no le hubiera creído. Cosas así, se pueden escribir, la palabra tiene el don y el poder de hacer imaginar cosas, pero cuando las tiene que colocar ahí… me parece tan difícil… es como si hiciera magia.
     Alejandro se emocionó. Luego se quedó pensativo y finalmente, con un atisbo de sonrisa arrancó a hablar. 
     —Fue en Francia, donde a finales del siglo pasado nació un estilo de pintura que llamaron impresionismo. Los artistas querían captar la luz y trabajaron el paisaje de una manera nueva. No sigo esa tendencia ni pretendo imitarles, pero a lo mejor he reflejado de otra manera lo que ellos quisieron expresar… De todas maneras, le ha dedicado unas palabras a mi obra, que dudo que vuelva a escuchar semejantes halagos en mucho tiempo.
     —Yo nunca había visto a nadie dibujando así —se encogió de hombros—. En realidad, sólo he visto los dibujos que hacíamos en el colegio y los cuadros de santos de la Iglesia. Pero nada como esto.
     Alejandro sacó un reloj del bolsillo y lo consultó. Pareció contrariado.
     —Deberíamos volver —dijo con una triste sonrisa prendida en su rostro—. Tengo que coger el coche de la tarde.
     Se encogió de hombros y no dijo nada. Era una lástima que tuvieran que volver tan pronto. Alejandro guardó sus cosas en la carpeta. Ella cogió el libro, lo envolvió y lo puso con cuidado sobre la cesta de la comida. No había probado bocado, ni siquiera había sentido hambre y él tampoco pareció acordarse. Como se enterara Vicenta, después de haberlo estado preparando…
     Emprendieron el camino de regreso. Qué agradables habían resultado esas horas en su compañía. El tiempo se acababa y había algo que ninguno de ellos había mencionado, como si no se atrevieran a nombrarlo, o peor aún, quisieran olvidarlo. Y ella no quería que así fuese.
     —Alejandro, ¿recuerda la última noche en Turégano, cuando subimos a pasear alrededor del castillo?
     —Claro, cómo la iba a olvidar.
     —No me he atrevido a contárselo a nadie. Me tomarían por loca.
     —Yo tampoco lo he hecho.
     —Por eso quería hablarlo con usted.
     —Dígame…
     —Esta historia comenzó tiempo atrás… —y le contó cómo empezaron sus sueños y cómo en ellos fue tomando forma el castillo.
     Al principio le pareció que él no prestaba la debida atención. Pero conforme avanzaba la narración se mostraba más serio. Cuando acabó de contárselo, Alejandro comenzó a relatarle una historia no muy diferente a la suya, de sueños que empezaron en el Alcázar y lo transformaron en el castillo de Turégano. Compartían una extraña e increíble historia.
     Llegó la hora de despedirse. Se dieron la mano. Y en el último momento, Alejandro musitó algo que le costó entender. ¡Sí!, le dijo que sí. Alejandro le había preguntado si podía volver a verla. ¡Y le dijo que sí! El próximo domingo volverían a verse.