miércoles, 8 de abril de 2015

La nueva novela de Francisco Dorda




LA PENÍNSULA DEL FIN DEL MUNDO


 

LA PERFORMANCE. Segunda parte. Capítulo 17



-17-
 Martes: la primera cita

   –Adiós, mamá. Un beso –colgué.
   Tenía la boca seca después de haber pasado más de veinte minutos al teléfono. Di un trago a la coca cola. Me costaba creerlo, pero estaba más ilusionada que yo y fue incapaz de esperar a la noche para saber cómo me había ido la cita con mi novio. Bendita mentira piadosa, había evitado que siguiera sufriendo por una hija descarriada, le había devuelto la calma. Sólo estando así, permitiría a mi tío Julián entrar en su corazón y eso era más auténtico que la Performance. Si fuera necesario, volvería a mentirle.
   Amelia avanzaba entre las mesas con su bandeja de comida y al verme, se alejó en otra dirección. Envidia era lo que tenía, porque ella no era de las que se escandalizaran. No había sido la única que me había evitado, comenzaba a notar un vacío en el entorno. Giré mi silla hacia el ventanal y apoyé los pies en la repisa. No iba a afectarme una nimiedad así, había pasado por cosas mucho más graves y había sobrevivido a todas ellas. Las nubes pasaban, mientras yo, permanecía incólume disfrutando del solecillo.
   Cristina aún tardaría un poco en llegar, estaba en clase de fotografía. Me la había saltado porque la tenía perdida, las prácticas del aula eran irrecuperables. Sabía que era una locura, pero intentaría salvar las asignaturas que pudiera; aunque el silencio que me rodeaba gritara: márchate, no queremos a los que son como tú. Sabía que en el fondo era pura envidia: Violeta Vera, en el ecuador de sus estudios, protagonizaba una Performance. Eso lo podrían haber hecho algunos de ellos, pero a nivel nacional, difundido vía televisiva a todos los hogares españoles, sólo lo había conseguido yo. Ninguno de ellos estaba a mi nivel, ninguno se desenvolvía en el terreno profesional, salvo Agustín Fontiveros, un compañero de cuarto que iba por su segunda exposición individual en una galería seria y vendía alguna que otra obra. Decía que no ganaba dinero, pero que tampoco perdía. Yo me permitía trabajar en la Performance, tenía un sueldo estupendo y todavía lograba sacar tiempo para venir a la facultad.
   Me volví para coger la botella de la mesa y di un trago. Más aún, después del trabajo y alguna clase, me permitía momentos de relax como éste, disfrutando del calorcito que se filtraba a través de los cristales. Había tenido la primera cita oficial con Carlos y todo transcurrió con la mayor naturalidad, sin que tuviera que recurrir a las pautas que me había marcado para que todo saliera bien. La espontaneidad hizo que aflorara la inocencia de un primer encuentro. La primera cita, en la que todo era nuevo, en la que no sabías qué iba a suceder, en la que tenías depositadas todas tus esperanzas.
   El encuentro me hizo recordar mis primeros escarceos amorosos, cuando el simple hecho de salir con un chico me hacía sentir un revoloteo en el estómago, cuando el roce fortuito de nuestras manos se convertía en algo excitante, cuando tenía miedo de que no hubiera una próxima vez, cuando la espera hasta la siguiente cita se hacía eterna…
   Tiempos de inocencia, y de ignorancia. Todavía recordaba a mi primer amor, aunque no recordara su nombre. Le llamaba Virtuoso, porque además de ser monaguillo, decía que si nos besábamos antes de casarnos, cometeríamos un terrible pecado. Por eso le dejé, quería algo menos platónico.
   La historia se repetía, había tenido una primera cita inocente, sin necesidad de fingir. No me estaba volviendo una mojigata, yo quería más, pero no con la intensidad y el deseo de hacía no tanto tiempo. Una vez dejé el escenario y monté en el coche camino de la facultad, comencé a analizar lo ocurrido desde un punto de vista técnico y antes de llegar a mi destino estaba telefoneando a Pelos para decirle lo que quería: la ilusión y la inocencia de la primera vez. Me dijo que se pondría a ello en cuanto le llegara el material y que no me preocupara. Le había dejado una responsabilidad enorme, era más fácil pedirlo que hacerlo. Por cierto, tenía que hablar con él, iba a hacerlo cuando llamó mi madre.
   Había sido una mañana muy completa. En la clase de dibujo disfruté como hacía tiempo no me sucedía, ejecutando rápidos trazos para captar el movimiento del modelo que evolucionaba hacia una alumna situada en primera fila, igual que si le hiciera la corte, lo cual despertó en mí pensamientos de ñoñería romántica, películas de enamoramientos fáciles y predecibles. Los aparté rápidamente, pues no eran propios de mí, pero no la antigua canción que empecé a tararear sin más: Forever Young, la cantaba Diana Ross. Comprendí lo que me estaba sucediendo, sin pretenderlo, estaba trabajando en el problema que había planteado a Pelos y que al parecer tenía una solución. Esperaba que no tuviera el trabajo hecho y fuera demasiado tarde. El móvil se estaba calentando inútilmente en mi mano. Lo encendí y llamé a Pelos.
   –¿Qué tal lo llevas, Ben? –me costaba recordar su nombre.
   –¡Qué quieres que te diga! El montaje no acaba de convencerme.
   No era demasiado tarde.
   –¿Conoces la canción Forever Young…
   –¿Diana Ross? ¡Me encanta su voz!
   –Pues la canción me hado una idea.
   –¡Qué ilusión! Cuéntame.
   –Música romántica que soporte las imágenes del encuentro, pero sin pasarse, habrá tiempo para almibararse en los próximos encuentros. Éste ha de ser tímido. 
   –Creo que te capto. Esa canción le va a venir que ni pintada, ¿you know?
   –Yes, I know.
   –¡Vaya, ya van dos! Esta mañana estaba con Marcos, ya sabes, el de sonido, y él con la cara a cuadros. Le estaba hablando en inglés y no me entendió nada. Le volveré a llamar –hablaba a toda velocidad–. Creo que con el nuevo sonido quedará perfecto, you know, y no hará falta tocar nada más.
   –Relájate, que te va a dar algo.
   –Es que estaba preocupado, creí que hoy te iba a fallar. Me has salvado la vida.
   –Seguro que no estaba tan mal. ¿Dará tiempo?
   –De sobra. Nos vemos luego en la revisión. See you.
   –See you later –colgué antes de que se disculpara por hablar en inglés.
   La clase de dibujo era una delicia y además me ayudaba a desconectar del trabajo, aunque alguna vez surgieran ideas como la de esa mañana. Me volví loca de alegría cuando supe que había dado con la solución. Mi mano voló sobre el papel y en poco tiempo tenía acabado el dibujo. Cambié de lugar mi taburete y empecé un nuevo dibujo, superponiendo parcialmente la nueva imagen a la primera. Tardé poco en acabarlo y volví a cambiar de lugar. Esta vez se quejó un compañero de que no le dejaba ver y añadió que si también allí me tenía que hacer notar. Le contesté que le cedía el protagonismo y me coloqué por detrás de él.
   Cuando el profesor pasó por mi lado, se detuvo y tras observar con detenimiento mi obra, dijo: acabas de representar el movimiento del artista en torno al modelo. No fui consciente de ello, pero la alegría de haber encontrado una idea para la Performance, unida al placer de dibujar y a la rapidez de mi mano junto a una cierta improvisación, habían dado sus frutos. Algo ciertamente particular, un experimento más propio de una cámara de vídeo, había dicho el profesor, sabedor de mi Performance.
   Fue la guinda del pastel y la gota que colmó el vaso. Si algunos compañeros me ignoraban, al final de la clase sentí cómo una ola de odio recorría la clase en dirección a mi persona. Más les valdría intentar ponerse a mi altura, pero era más fácil odiar y criticar sin ninguna razón; eso calmaba sus mentes primarias.  
  La noche anterior no era tan optimista y tras el incidente del beso dudé de mi cordura, llegando a pensar que necesitaría un psicólogo, pero cualquiera se fiaba de ellos. Por eso, decidí quedarme a dormir en casa, Cristina era un remanso de paz y consiguió transmitirme el sosiego que necesitaba. Dormir con ella se estaba convirtiendo en una costumbre y me dio por pensar si no tendríamos inclinaciones lésbicas. De todos modos, fue mi mejor bálsamo, porque Violeta Hyde no volvió.
   Divino calor que me amodorraba. Era un gusto que la primavera comenzara a notarse. Echaba de menos el buen tiempo de mi Sevilla, los patios floridos, el olor a jazmín y ese azul celeste que inundaba el firmamento. Por eso había llevado a Artista a pasear a los jardines, aunque el cielo madrileño fuera más gris que azul.
   –Hola.
   Me giré y allí estaba Cristina.
   –Hola.
   –Vengo hambrienta.
   –Pues vamos a comer.
   Cogimos las bandejas y nos pusimos a la cola. El plato del día era cocido y no me gustaba cómo lo preparaban, así que pedí judías verdes y de segundo merluza. Cristina prefirió ensalada y pechuga de pollo. Cogimos una botella grande de agua para las dos y continuamos hasta la caja. El de delante estaba pagando y al verme hizo una mueca despectiva y volvió la cabeza. Ni me inmuté. 
   Volvimos junto a la cristalera. Abrió la botella y dio un trago.
   –¿Qué tal te ha ido la primera cita?
   Me pasó la botella y bebí.
   –Hubo destellos, lo típico de una primera cita, bastante auténtico para ser parte de una Performance. Fue… como volver a la adolescencia. No creas que me he enamorado ni nada por el estilo, pero después de tanto tiempo en paro… me hizo ilusión.
   –No te quejes, que yo lo estuve hasta… –se llevó una aceituna a la boca.
   –Lo sé. Hasta que conociste a tu Capitán. Para ti es la primera vez, cuando le dejes ya verás cómo enseguida quieres tener a otro.
   –No pienso dejarle, le quiero –y al decirlo se sonrojó–. ¿Cómo estuvo él?
   –Algo reservado, las cámaras, todavía le intimidan.
   –Y tú, ¿cómo te encuentras?
   –En una nube. La Performance va viento en popa y ya has visto en clase. Además, mientras dibujaba me ha venido una idea para la emisión de hoy.
   –Eso está muy bien.
   –Me sentó bien quedarme contigo. Hasta ayer pasaba de la euforia al pesimismo con una facilidad pasmosa.
   –Estabas cansada –se sonrojó de nuevo.
   –Creo que era más bien el agobio de pensar si voy a poder con ello, añadido a los problemillas que van surgiendo y hay que solucionar.
   –Estaré contigo siempre que me necesites –dejó el tenedor y me cogió la mano–. Igual no deberías quedarte sola. ¿Por qué no vienes a dormir a casa?
   Me había trasladado para evitar en lo posible a los periodistas, si me seguían, chafarían la cita del día siguiente. Obligaría al chofer a madrugar más de la cuenta, traer un vehículo diferente y que se asegurara de que nadie nos seguía. Por otro lado me apetecía. Sonó mi teléfono y aplacé la respuesta.
   –¿Sí?
   –Soy Piero. Se retrasa media hora la entrevista. ¿Algún inconveniente?
   –Ninguno.
   –A las seis y media entonces. Ciao, bambina.
   –Ciao, Piero.
   Colgué.
   –Se retrasa la entrevista con los periodistas. En cuanto acabe, voy para casa.
   –Estupendo.  


jueves, 2 de abril de 2015

LA PERFORMANCE. Segunda parte. Capítulo 16.



-16-
Lunes: el elegido

   Desde que hablara con mi madre, me encontraba en un momento dulce. Había aprendido a asumir todo lo que llegara, fuera bueno o malo, porque sabía que antes o después, las nubes desaparecerían. Pero poco me duró la dicha. Tenía una sensación extraña, como si hubiera una neblina rondando por mi cabeza y tardé en darme cuenta de lo que sucedía: era la señorita Violeta Hyde, insinuando su presencia desde mi despertar. Debilitada y casi sin fuerzas, se empeñaba en manifestarse desde tan inusual hora. Una nube que mi mente debía desechar.
   En ese estado acudí a cenar a mi casa como invitada. Cristina había dicho que se encargaría de todo. Yo venía de conceder una entrevista a una periodista a la que Piero apreciaba. No hubo preguntas personales ni insidiosas, sólo quería conocer lo que estaba por llegar y cuáles serían las consecuencias futuras de la Performance. Escribiría un artículo interesante, estaba segura de ello. Después de aquello, resultó penoso ver cómo el coche recibía los disparos de los flashes cuando estábamos a punto de entrar en el garaje. Periodistas de pacotilla, me daban pena, aguardando todo el día delante de mi casa por si se me ocurría aparecer; pero no pude reprimir una sonrisa al pensar en lo escueto de la historia. Una reseña en la penúltima página del periódico, ni siquiera se merecería la contraportada: Violeta Vera, la autora de la Performance, vuelve a su casa. Al texto acompañaría la triste foto de un anodino coche negro con los cristales oscuros. Inocente de mí, no iban a confirmar que su espera había sido en balde, se inventarían cualquier cosa. Debía resultar deprimente dedicarse a esa clase de periodismo.
   La sensación de extrañeza se acrecentó con la llegada de Interlocutor, pues en esos momentos sentía animadversión hacia él, pese a saber que era una persona muy competente e imprescindible para la Performance. Por eso hice que pasáramos directamente al comedor, para alejarme físicamente de él. Cristina se sentó a mi izquierda e Interlocutor lo hizo frente a mí, y sin más preámbulos, comenzamos a cenar.
   Cogí un canapé de tomate con anchoa, e Interlocutor me imitó. Sus aceradas pupilas se clavaron en mí y de inmediato me invadió el desasosiego. Estaba acostumbrada a su acoso ocular y había aprendido a sobrellevarlo, pero era algo más profundo; sucedía que todavía me pesaba el beso. Violeta Hyde debía desaparecer, sólo era una nubecilla que había que evaporar e Interlocutor había venido a desvelar su plan para desbaratar el artículo del sábado en Este País, sólo a eso. Cogí otro canapé, escapando por unos instantes al contacto visual.
   Interlocutor acabó una tosta de paté y levantó el vaso para beber. Contenía zumo de naranja y pomelo, le había pedido a Cristina que no pusiera nada de alcohol, todavía me acordaba de lo que pasó la última vez. No había probado bocado, parecía entretenida estudiándonos. Interlocutor dejó su vaso y el contacto visual se restableció. Me violentaba, pero no podía eludir constantemente su mirada, sólo descansar de cuando en cuando.
   –Deberíamos empezar por el artículo del sábado –soltó a bocajarro. La reunión de trabajo había comenzado.
   –He hablado esta mañana con Piero. Sugiere que respondamos al ataque con otro artículo que aparezca en prensa, televisión y radio. La Cadena ha redactado un documento en el que quiere que estampe mi firma. Me gustaría saber qué opina usted –busqué refugio en el naranja de la pared.
   –También he hablado con Piero y estoy esperando recibir un e-mail con su artículo. He traído mi respuesta al artículo del sábado. Quiero que le eche un vistazo –se agachó a coger su cartera concediéndome otro descanso y sacó una hoja metida en una carpeta transparente–. No hace falta que lo lea ahora mismo.
   –Voy por el primer plato –Cristina se levantó y salió del comedor.
   Hubiera preferido irme con ella a la cocina, pero en contra de mi deseo, permanecí en mi asiento y extendí la mano para coger el papel que me tendía. Descansé en él mi vista agotada. No era yo, era Violeta Hyde, queriendo apoderarse de mi persona y no conseguiría vencerla, a no ser que él cerrara los ojos. Ojos de acero, una mirada glacial que abrasaba.
   Cristina volvió con dos fuentes de ensalada y las colocó en el centro de la mesa. Su presencia me reconfortó. Debía convencerme, sólo era otra de esas nubecillas, acabaría desvaneciéndose.
   –Un comienzo saludable –dijo colocando los cucharones para servirlas.
   –Tienen buena presencia –intervino Interlocutor.
   –Recetas de mi madre, ella cocina muy bien. Sírvase.
   No podía ser tan malo, si desapareciera Violeta Hyde, el dolor remitiría. Me dispuse a intervenir enfrentándome a sus ojos.
   –Esa mujer tenía un ideal político y el mío es artístico. Segundo, mi hijo tomará sus propias decisiones, no me voy a interponer.
   –En mi escrito cito algunos descubrimientos científicos paralelos en los que no hubo plagio. Después comparo la Performance y el antiguo suceso: aparentemente existen coincidencias, pero las voy desmontando una a una, demostrando así que quien escribiera el artículo en Este País, no se detuvo a pensar en la credibilidad de su descabellada teoría y le animo a retractarse antes de que la cosa vaya a mayores y acabe en los tribunales. Hay alguien a quien le molesta la Performance.
   Soporté estoicamente su mirada hasta que me concedió un descanso al servirse ensalada de mandarina. Al acabar me la pasó.
   –Gracias.
   –¿A quién podría molestar? –preguntó Cristina.
   –Recuerden al párroco de la iglesia de San Blas. Es extraño que haya callado.
   –Le habrá llamado la atención el obispo por hacer el ridículo –intervino Cristina.
   –O le han hecho callar, lo cual supone que sus superiores han tomado las riendas del asunto –dijo él.
   Mientras hablaba con Cristina, apenas se produjo contacto ocular y además él apartaba la mirada. Era todo un descubrimiento. ¿Le gustaba ella, o era todo lo contrario? Imposible saberlo, era un hombre enigmático.
   –En una ocasión, dijo que tenía miedo de lo que la Iglesia pudiera hacer –le recordé.
   –Temo que el artículo sea suyo.
   Más nubes, nubes grises, amenaza de tormenta. Cristina se levantó y retiró los platos.
   –Voy a por el segundo.
   Mi primer impulso fue levantarme y seguirla, pero ya me había dicho que no lo hiciera. Me sentía una extraña en mi propia casa dejándome servir.
   –La encuentro cansada –dijo Interlocutor.
   –Más bien extraña. Fui a la facultad esta mañana y me encontré fuera de lugar, como si aquello no fuera conmigo. Me puse a trabajar, pero la sensación no desapareció.
   Le había respondido con sinceridad y lo había hecho sin la menor vacilación, como si estuviera hablando con Cristina en vez de con él. Con él sólo trataba cuestiones de trabajo, aunque últimamente me había hecho confidencias sobre su pintura. Sin ir más lejos, cuando llegó a casa se presentó con un geranio. Me dijo: le sienta a usted tan bien como su nombre. Creí que hablaba del tiesto, y resultó que se refería a mi vestido violeta. Era un piropo. Interlocutor tenía sentimientos como todo el mundo, aunque no lo pareciera. Oí los pasos de Cristina y abandoné sus ojos grises. Me di cuenta de que mantenía su mirada con placidez, ya no dolía.
   Cristina entró y puso la bandeja sobre la mesa. Las hierbas aromáticas la cubrían y estaba rodeada por un acompañamiento de vegetales dispuestos en bandas de colores fríos y cálidos, había convertido una vulgar tortilla en una obra de arte.
   –¿Te sirvo, Jaime?
   –Gracias, Cristina.
   Me resultaba raro oírle nombrar por su nombre. Me había quedado con Interlocutor y menos mal que nunca le había llamado así. 
   –Tiene muy buena pinta –lanzó una breve mirada a Cristina.
   Cristina me sirvió, luego se puso ella un poco y dejó el resto en la fuente. Me quedé contemplando mi plato. Seguía con esa sensación de desasosiego. La señorita Hyde seguía incordiando, se había aprovechado del sueño que había tenido. Se lo había comentado a Cristina antes de la llegada de nuestro invitado. Había soñando que lo hacía con Artista, pero entonces sentía sus ojos fríos, penetrantes, y era el rostro de Interlocutor. Te voy a tener que comprar un consolador, me había dicho Cristina entre risas. Igual tenía razón.
   Metí el tenedor y di el primer bocado. Aparte de tener una presencia estupenda, sabía de maravilla. Cristina era capaz de sacar provecho a las cosas más sencillas. Interlocutor acabó de comer y se agachó a por su cartera, sacando otra carpeta igual a la que me había pasado.
   –He comentado el comienzo de mi artículo, pero me interesa que dé el visto bueno a su final. Se lo leo.
   No había prisas y ahora le entraban las prisas. Comenzó a leer con su voz monótona.
   –¿A quién puede molestar la realización de una Performance para que se tome la molestia de arremeter contra su artífice?¿Les parece moralmente reprobable que una mujer quiera tener un hijo artista, o acaso que lo haga público? Les recuerdo, que en el mismo medio en que se mueve la artista, la televisión, existen programas en los que se atenta contra la intimidad de las personas, se anima a la gente a faltarse al respeto, se crean anómalas convivencias en falsos hogares en los que se hacen pasar por normales las situaciones más inverosímiles. Creo que no hace falta mencionar nombres, todos sabemos a qué programas me refiero –hizo un alto y me miró antes de seguir.
   –¿Le molesta la Performance a los que ven ese tipo de programas? Supongo que no, o al menos no lo manifiestan. ¿A los que no los ven pero no claman contra ellos? Al parecer tampoco. Si a la gente le interesa, atenderá a la Performance, y si dejara de interesarle, ésta caerá por su propio peso –seguía buscando mi mirada a cada pausa.
   –Ahora bien, hay alguien a quien su estricta moral puede hacerle pensar que la artista realiza una Performance moralmente reprobable. ¿Es moral lo que ocurre en los programas de los que he hablado? No he oído ni he leído una queja en el diario Este País al respecto, ni del sector laico ni del religioso. ¿Por qué entonces se ensaña con la Performance? –esta vez se giró hacia Cristina.
   –Cada cual pude pensar lo que le plazca, e incluso hacer pública su opinión, pero sin ofender, al igual que los demás no les han ofendido a ustedes.
   –Está muy bien –dijo Cristina.  
   –Más contundente que el artículo presentado por Cadena 13 –dije.
   –Tengo que ver ese artículo, por si se me hubiera pasado por alto algún detalle.
   Su mirada seguía sin molestarme, era todo un logro. Eso me hizo sonreír. Acto seguido se agachó para guardar la carpeta y al incorporarse, no buscó el contacto. ¿Acaso le había intimidado mi sonrisa?
    
   –Voy a por el postre –dijo Cristina dirigiéndome una mirada especial. También ella se había dado cuenta.
   Teniendo un invitado, yo habría optado por sacar algún dulce, pero ella había dicho que iba a ser una cena sana y lo cumplió a rajatabla. Había preparado una macedonia de frutas, regada con zumo de naranja y no con alcohol. La degustamos en silencioso, sólo alterado por las cucharillas al chocar contra el cuenco y sin que se produjera una mirada sostenida entre nosotros. Terminada la cena, nos trasladamos al salón, donde nos sentamos en el sofá. Casi era la hora y las miradas, esta vez iban dirigidas al televisor.
   Apareció el título en los habituales azul ultramar y naranja cadmio, que darían paso a un impactante manchón verde esmeralda con algunos toques azulados y pardos en la periferia. Era un cambio que Pelos y yo habíamos pensado hacía tiempo, nueva fase, nueva estética. Casi todo lo demás, lo había preparado el día anterior en la habitación del hotel. Luego se lo mandé por correo electrónico a Pelos, que me contestó en un par de horas con las mejoras que se le habían ocurrido. Parecía que nunca descansara, en eso era igual que yo. Vi sus propuestas y le dije que sí a todo. A estas alturas, estábamos totalmente compenetrados, él sabía lo que yo quería y yo las maravillas que era capaz de hacer con las imágenes. Así, por la mañana aproveché para ir a la facultad, me apetecía seguir con mis estudios. Me costó centrarme, pues me sentía observada y a la vez ignorada, fingí no darme cuenta. Nadie me hizo un comentario acerca de la Performance. El precio de la fama. Y esa tarde, antes de la reunión con Piero, me había pasado para ver el resultado de lo que ahora íbamos a ver.
   Ésta era una de esas emisiones en las que la acción parecía estancada, pues el único movimiento venía de las formas y los colores, pura abstracción. A mí me gustaba, pero no sabía si el público estaría preparado para ello. Tanto Pelos, como Piero, me hicieron ver que no tenía la menor importancia, que en ese momento el público sólo quería saber el nombre del elegido. Únicamente tenía que presentar a Artista, el futuro padre de mi criatura. Todavía me sonaba raro.
   Desapareció el título, el color cambió a un precioso verde esmeralda y en su centro surgió un pálido verde veronés.
   –Busqué al padre de mi hijo –el verde veronés se contraía y expandía al ritmo de la voz–, y lo he encontrado. Hoy es un día importante para mí y deseo seguir compartiendo esta experiencia con vosotros.
   Era mi voz, distorsionada y sensual, más aterciopelada de lo habitual. El verde pálido dejó escapar algunas gotas que fueron alterando el esmeralda allí donde se posaban.
   –Y aquí está…
   Una mota de carmín granza claro empezó a abrirse paso entre los verdes. Al principio lo hizo con timidez, dejando una estela fina y difusa que desaparecía, después se volvió más nítida y empezó a dejar huella, creando un contraste muy fuerte. La idea la había tomado de una pintura mía, solo que aquí el efecto era tridimensional. Al verlo, me recordó al trazado aéreo de las cintas que empleaban las gimnastas en las pruebas de gimnasia rítmica. Poco a poco se fue calmando y creó un círculo, al que siguieron otros, cada vez más pequeños, alejándose hacia el infinito. El verde quedó reducido a finas líneas entre ellos.
   Música apenas audible, hizo que un diminuto punto situado en el fondo avanzara, creciendo como un pequeño círculo esmeralda que fue anulando uno a uno los círculos hasta ocupar la mitad de la pantalla. Sobre él se formó la silueta de un rostro verde oscuro y entonces el círculo continuó creciendo hasta dominar la pantalla, quedando rodeado por un par de círculos que sobrevivieron a su voracidad.
   –El elegido es –los círculos comenzaron a girar en sentidos opuestos–… Carlos Gallego Ortiz.
   Subió el volumen, sonaba un tema de Local Hero, de Mark Knoffler; algo tranquilo y sosegado, queríamos huir de los tópicos de la música estridente que se usaba en estos casos. La silueta oscura clareó hasta que fueron visibles las facciones de Carlos; como si fuera una foto en blanco y negro virada al verde, solo que recordaba a un dibujo de lápiz. La figura empezó a girar lentamente sobre sí misma.
   –Carlos ha recorrido un largo camino para llegar hasta aquí.
   El verde esmeralda se adueñó de la pantalla para dar paso a la siguiente imagen. Era su primer día y estaba rellenando la solicitud. La voz fue comentando las imágenes.
   –La primera fase ha concluido –como al principio, verdes pálidos fluctuaron al compás de mi voz–. Os animo a continuar con nosotros en la que ahora iniciamos.
   Hubo un lento remolino de verdes entre los dos círculos de carmín granza claro. Durante tres minutos, los carmines lucharon inútilmente por sobrevivir. El verde había ganado momentáneamente, y después desapareció bajo un intenso azul ultramar salpicado de créditos naranjas.
   Los juegos de color. Era un trabajo del que estaba muy orgullosa. Intenté hacerlo en mi ordenador y no conseguía lo que quería. Se lo enseñé a Pelos y me mostró un programa con el cual era posible hacerlo. A partir de ahí, todo resultó más sencillo.    
   –Ha estado sublime –escuché a mi derecha, junto a mí.
   Había estado tan pendiente de disfrutar de mi obra, intentando no pensar en la técnica, en los posibles fallos o en mejoras, que no fui consciente de la presencia de Cristina durante la media hora que duró el programa.
   –Cada vez es mejor –dijo Interlocutor, situado a mi izquierda. A él también le había olvidado. Eso era concentración.
   –De eso se trata –seguí mirando la pantalla–. Tiene que ir mejorando para que no pierda interés. El truco está en empezar a medio gas, e ir subiendo el nivel poco a poco. Todavía queda lo mejor.
   Sonó el móvil en mi bolsillo. Lo saqué y miré la pantalla.
   –Es mi madre. Si me disculpáis –dije al levantarme.
   –Por supuesto –dijo él.
   Salí del salón y descolgué al llegar al dormitorio.
   –Hola, mamá. Me alegro de oírte –entré y cerré.
   –Hola Violeta. Ha sido una presentación maravillosa.
   –Suena bien, mamá –me recosté en la cama y cerré los ojos, el inicio de la conversación prometía.
   Y así fue. Ella había vuelto a disfrutar de la Performance, había asumido lo que hacía y ya no le dolía. Por otro lado, la relación con el tío Julián se había distendido, habían visto el programa juntos y decía que empezaba a sentirse más cerca de él. Aunque no mantuvieran todavía una relación, ella no se cerraba en banda y además, me lo había contado estando él presente. Le oí decir: la niña tiene futuro. Mamá, Julián, los ojos de Interlocutor, Violeta Hyde… suspiré. Ya no quedaba una sola nube en el horizonte, estaba disfrutando de un inesperado período de calma. Ojalá durase. En ese estado de felicidad abandoné la habitación.
   –…me alegro de que ayude a Violeta en la Performance –escuché decir a Cristina.
   –Es usted encantadora… y preciosa, aunque eso ya se lo habrán dicho muchas veces.
   Dudé en entrar al salón. Igual interrumpía algo.
   –Gracias. Me… me tengo que ir a acabar de recoger. Encantado de haberle conocido.
   –El gusto es mío –debieron darse la mano.
   –Espero que vuelva a visitarnos.
   –Lo haré encantado.  
   Cristina le animaba a volver. Creía que todavía salía con el Capitán.
   –Acabé –dije al entrar.
   –He de irme –dijo Interlocutor.
   –La cocina me espera. Adiós –Cristina escapó. Mira que era tímida.
   Me dejó sola con Interlocutor y eso que le había pedido que no lo hiciera. Le acompañé a la entrada. Sobre el mueble descansaba su regalo. 
   –Gracias por el geranio. Le buscaré un sitio más luminoso.
   –Recuerdo el primer día que vino a mi despacho –sus ojos me evitaron.
   –¿Por qué?
   –Ese día traía un pétalo en su carpeta –sus pupilas grises se posaron en las mías.
   –Oh, eso –recordé–. No era mío, me cayeron varios pétalos desde alguna terraza cuando iba hacia su despacho. De todos modos me gustan los geranios, tengo un par de ellos en el balcón.
   –Por un momento he creído haberme equivocado de regalo –desvió la  mirada hacia la planta–. Adiós –me tendió la mano como si tuviera prisa.
   Al darle la mía, la aprisionó, puso la otra en mi cintura y me atrajo. Antes de que pudiera reaccionar, había posado sus labios en los míos. Un beso fugaz, que no duró ni dos segundos. Un instante después me había soltado y abría la puerta.
   –Adiós –repitió al salir y cerró.
   Me quedé de una pieza, mirando la puerta cerrada. No podía haber ocurrido, no le creía capaz, pero lo había hecho. Me había besado. Él, una persona sensata, que sabía que estaba entregada a la Performance y que sabía que no podía haber nada entre nosotros. A lo mejor, lo único que pretendía era vengarse por la libertad que me tomé el otro día. Sí, la culpa había sido mía, fui yo la que lo inició; aún así me parecía irreal.
   ¿Cuándo lo habría planeado? Seguro que por eso empezó apartar la vista, avergonzado de lo que iba a hacer. Qué poco había durado el cielo despejado.  
   –Violeta, ¿estás ahí?  –Cristina se asomó.
   –Te dije que no me dejaras a solas con él –mi tono sonó poco recriminatorio.
   –¿Por qué? Si está loquito por ti.
   –¿Por mí? ¡Anda ya!
   –Se le ve en los ojos, esas pupilas son dos gemas que brillan con luz propia.
   –Pues hasta hoy me abrasaban y de repente, dejaron de hacerlo.
   –Le has derretido. Le gustas.
   –No puede ser cierto –aquello no se me habría pasado jamás por la cabeza.
   –Dime, ¿qué ha sucedido para que estés tan alterada?
   –Me ha besado –cerré los ojos. Estaba abatida.
   –Qué tierno –apoyó el brazo en la pared y recostó la cabeza–. Cuéntame cómo ha sido.
   –A traición. Me ha dado la mano para despedirse y entonces ha tirado de mí…
   –¿Y tú no has hecho nada?
   –Nada, no me ha dado tiempo –empezaba a dudar de mi versión de los hechos–… No estoy segura, igual hubiera podido evitarlo.
   –Ya decía yo que esas miraditas –se acercó a mí–… Creo que no hará falta que te regale el consolador.
   –Cristina –la miré a los ojos. Esos sí que eran unos ojos dulces y no los de él–, Interlocutor no me gusta y además tengo un compromiso: Carlos, ¿recuerdas el programa de hoy?
   –Las apariencias engañan, Violeta –tomó mi mano–. El destino ha hecho que se cruce en tu camino y contra eso, no te puedes rebelar. Además, creo que a ti también te gusta.
    Callé, y la abracé. Ya no estaba tan segura. Podía haber intentado evitarlo, estaba segura de haber podido impedirlo, pero no lo hice y ahora, mis labios conservaban el sabor de un beso fugaz e inexperto.